La familia condiciona cómo somos en muchos aspectos. Padres, madres, herman@s, abuel@s y hasta tí@s y prim@s nos enseñan valores, costumbres, nuestra lengua y la forma de relacionarnos con el mundo, aspectos que conforman nuestra identidad y personalidad. Sin embargo, para bien o para mal la familia también condiciona nuestra estabilidad emocional, ofreciéndonos un entorno estable y saludable en el que nos podemos desarrollar de forma adecuada o, por el contrario, un entorno marcado por la inseguridad y miedo, que nos desestabiliza. Toda familia funcional es aquella en la que los padres y madres saben educar bien a sus hij@s, generando un entorno en el que el cariño y el amor está presente, pero sin dejar que los niños y niñas hagan todo lo que quieran, sin límites, normas y pautas. La clave está en saber dar amor a la vez que se es responsable en el cuidado, aplicando un sistema democrático de crianza, y cumpliendo las tres principales funciones que todo buen padre y madre debe cumplir: protección, cuidado y afecto. Por otro lado, cuando un integrante de la familia presenta un trastorno mental, será un duro revés para la familia, en especial para la persona que se va a encargarse de cuidarlo. Los familiares se pueden sentir muy agobiados y estresados al ver como una persona que conocían de toda la vida cambia, deja de ser cómo era y ahora requiere muchos cuidados. Las infancias disfuncionales ejercen como un importante origen en los trastornos mentales, y las adulteces disfuncionales contribuyen a mantener la psicopatología. Seamos conscientes de la importancia de generar diálogos respetuosos dentro de casa, de pedir perdón cuando algo no se haya hecho bien y de poner limites claros desde el principio.
Luisina Daives. Psicóloga de Amadem